AMADEU CASELLAS: UN GRITO



Libertad, o muerte. Es la disyuntiva. Tras veintitrés años de prisión, ¿Qué más le pueden pedir? Amadeu es víctima de nuestra hipocresía, de nuestras leyes injustas. Sí, mías; Sí, tuyas. Porque, en la medida que callamos, cuanto más callamos, somos más culpables.

AMADEU CASELLAS: UN GRITO

La madre de Amadeu Casellas (cabellos blancos, más de setenta años, ademán decidido) tiene su misma expresión despierta. “Está tan delgado!” dice nada más, cuando sale de verlo, y se le llenan de lágrimas los ojos. Es un momento. Enseguida vuelve a sonreír al lado de la gente, joven y no tan joven que, ante el módulo penitenciario del hospital de Terrassa, este sábado, hemos desplegado una pancarta reclamando su libertad. Y yo pienso en el largo calvario de esta mujer, que se ha tenido que tragar tantas lágrimas: su largo (¿inacabable?) peregrinaje de prisión en prisión.

No sé si los jueces, cuando dictan sentencias de prisión que se convierten, de hecho, en cadena perpetua o poco menos, piensan alguna vez en las madres, las novias, los padres, los hermanos de los condenados. No sé si piensan alguna vez en la larga condena paralela que les imponen; que les obligará a largos viajes en los que tendrán que invertir lo poco que tienen y en que, a veces, acabarán muriendo, víctimas de accidentes de tráfico. No sé si piensan en los caprichos de los carceleros déspotas que habrán de sufrir, día sí y día también. De hecho, no sé si piensan, los jueces. Si lo hicieran, si no actuaran como autómatas, seguramente no podrían dormir.

Hoy no ha sido una excepción. “Usted no tiene hora, no podrá pasar a verlo”. “Ya ha agotado las dos visitas semanales”. “Vuelva mañana” dice el carcelero de turno, imperturbable, aséptico, bien planchado, encefalograma plano. Discutimos sin levantar la voz, pulcramente, tragándonos la rabia. “¿No ve que es una señora mayor?” “¿No ve que viene de lejos? Déjela entrar cinco minutos, sólo”, insistimos. Debe consultarlo. Lo consulta. Harán una excepción. Gracias, gracias.

Amadeu Casellas cumple hoy, domingo 10 de agosto de 2008, cincuenta días de huelga de hambre. Casi dos meses. Cincuenta días y cincuenta noches de soledad, luchando contra el propio cuerpo, contra la oscuridad, contra las paredes, contra la desesperanza. No me lo puedo imaginar. Ha perdido vein-ti-cinco kilos, pero no la sonrisa.

Libertad, o muerte. Es la disyuntiva. Tras veintitrés años de prisión, ¿Qué más le pueden pedir? Amadeu es víctima de nuestra hipocresía, de nuestras leyes injustas. Sí, mías; Sí, tuyas. Porque, en la medida que callamos, cuanto más callamos, somos más culpables.

Ni siquiera harían falta consideraciones políticas, que también. Porque Amadeu no es sólo una víctima, también es un luchador. Pero ahora se ha aferrado a la última posibilidad de un preso al que han silenciado todas las voces: la voz tortuosa de los recursos legales, la voz pequeña de las instancias, la voz ínfima que ha cerrado en tantas cartas, durante tantos años.

Amadeu nos ve desde la ventana. “¿Qué, qué?” Miramos arriba. Los vidrios ahumados deslumbran, reflejan el sol, no se ve nada, no es ninguna casualidad. “Sí, mira”. Es una silueta borrada: la mano en alto apoyada al vidrio, (con un brazalete blanco que de hecho es vía intravenosa abierta) ahora un puño.

Mediodía. Mucho calor. Nos acercamos más, de hecho entramos al recinto del módulo penitenciario del hospital (¡qué manera más elegante de decirlo!), la puerta metálica está abierta; acercamos la pancarta a la ventana. Enseguida tenemos los carceleros encima, con la pregunta típica: “¿Quién es el responsable del grupo?”. Sonrisas. Todos, todos. Todos y todas. Todos y cada uno. “Sólo queremos que nos vea”. Aguantamos algo. Pero somos tan pocos, de hecho, que debemos salir, no sin haber tenido que escuchar amenazas, no sólo contra nosotros, sino contra Amadeu mismo. “Esto constará en el expediente”.

Mucho calor. Día de sol y de playa, de piscinas. Qué imprudencia, Amadeu, una huelga de hambre como esta, en Agosto. Un grito como este, en medio de nuestra placidez hipócrita, de las vacaciones, la vida sin estorbos, la vida pequeña.

Un grito que es una herida, Amadeu. En las prisiones, no hacen vacaciones. Nunca. La rueda gira, implacable, pero tú, al menos, la has hecho visible. A qué precio!

Recogemos la pancarta, vamos a comer, te dejamos solo, la vida fácil continúa.
Pero volveremos.


Roser Iborra